Cuando estudiaba la licenciatura recuerdo haber escuchado del “movimiento antivacunas”, pero para mí sonaba algo lejano, una moda de otros continentes que seguramente se extinguiría pronto, sin embargo, ahora que soy madre, me ha dado cuenta que lamentablemente esa moda se extendió y  alcanzo niveles que podrían considerarse riesgosos.

El movimiento antivacunas se basa en un estudio realizado  por Andre Wakefield, publicado en 1998 por The Lancet, cuyos resultados relacionaban el autismo con la vacuna triple viral (sarampión, rubeola y paperas), dicho estudio fue realizado con una muestra de solo 12 niños, científicos trataron de reproducirlo con muestras representativas y no obtuvieron resultados similares a los de Wakefield,  entonces, en 2010, la revista científica que había anteriormente publicado el estudio, retiró el artículo.

Además se descubrió que el artículo de Wakefield fue realizado con conflicto de intereses ya que el científico británico pretendía lanzar una nueva generación de vacunas, que sustituyeran aquellas que supuestamente causaran autismo. A pesar de que se han realizado infinidad de estudios que concluyen que el autismo y la vacunación no están relacionados, aquél polémico estudio sembró temor en muchos padres y entonces el movimiento antivacunas continua y desafortunadamente cada día aumentan más sus simpatizantes.

He conocido por medio de redes sociales a personas del movimiento antivacunas y curiosamente, al pedirles datos científicos que respalden su postura, no los tienen, irónicamente también me he topado con médicos antivacunas que de la misma manera, al pedirles fuentes confiables que respalden su teoría, se limitan a mencionar experiencias o bien el mismo estudio de Wakelfield.

Un argumento que muchas personas aplican en cuestión de crianza es “Cada quien hace con sus hijos lo que quiere” y si, en efecto cada padre decidirá cuál considera es la mejor manera de educar y criar a sus hijos, sin embargo, desde mi punto de vista en cuestiones de salud ese dicho no debería ser aplicable, sobre todo tratándose de vacunas, ya que por cada niño no vacunado puede haber muchos afectados; tal es el caso de los brotes de Sarampión ocurridos en Europa, que dejaron al menos 35 muertos o bien el ocurrido recientemente en la Ciudad de México.

Según la OMS, durante todo el año 2017 en el continente Americano se presentaron casos de Sarampión en solo 4 países, sin embargo, tan solo en el primer trimestre de 2018 son 9 los países que han presentado brotes de Sarampión.

Las vacunas funcionan como un cinturón de seguridad, el cinturón no evitará que suframos un accidente en la carretera, pero si ayudará a que en caso de sufrirlo, el daño sea menor; lo mismo sucede con las vacunas, una vacuna no garantiza por completo que no adquiriremos una infección pero sí disminuye el riesgo de adquirirla y que en caso de enfermar, la infección no curse de manera grave.  Es importante entender que las vacunas salvan vidas, ser empáticos, generaciones anteriores vieron como muchas enfermedades infecciosas fueron erradicadas y es triste saber que actualmente, cuando tenemos más acceso a la información y deberíamos ser más conscientes del mundo que nos rodea, estamos retrocediendo y nuevamente estamos lidiando con problemas de salud que gracias a años de investigación habían sido solucionados.

No pretendo “evangelizarte” o hacerte cambiar de opinión, pero te pido abras un poco la mente, infórmate.

Basándonos en esos supuestos, porque recuerda que científicamente no está demostrado, te pregunto ¿prefieres que tu bebé “quede” autista o que forme parte de la estadística de decesos?

Vacunar es un acto de amor, amor a nuestros hijos y a los demás.

En este enlace puedes leer una de las últimas actualizaciones sobre la epidemia de Sarampión

 

Compartir